Cornelio Zelaya




CORNELIO ZELAYA



Cornelio Zelaya (1782 –1855), fue un militar argentino, que participó en la guerra de independencia y las guerras civiles de su país.

En sus inicios fue un productor ganadero que, al producirse las invasiones inglesas al Virreinato del Río de la Plata, se unió al regimiento de caballería reunido por Juan Martín de Pueyrredón, participando en la reconquista y defensa de la ciudad.

Apoyó la Revolución de Mayo y fue puesto al mando de un batallón de caballería.


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Coronel Cornelio Zelaya




La caballería del Ejército del Norte

Luego de la Revolucion de Mayo, se unió como jefe de un regimiento de caballería del Ejército del Norte, en el cual participó en la batalla de Suipacha y la de Huaqui. Apoyó al general Manuel Belgrano, cubriendo la retirada del ejército desde Jujuy. Participó en la batalla de Tucumán, que resultó la más importante de la guerra de independencia argentina, y dirigió una breve campaña a Salta, ciudad que alcanzó a tomar brevemente antes de que fuera ocupada por los realistas. Luchó en la batalla de Salta como jefe de toda la caballería argentina, y fue ascendido al grado de coronel.

Durante la segunda expedición auxiliadora al Alto Perú, fue enviado a reunir y organizar tropas en Cochabamba. No participó en la batalla de Vilcapugio, y la noticia que recogió el general Pezuela sobre el reclutamiento que se la había encargado aceleró su decisión de atacar. Los independentistas fueron vencidos en Ayohuma, y nuevamente Zelaya protegió la retirada.
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Batalla de Salta
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Batalla de Vilcapugio



Combate de Pequereque

El Combate de Pequereque fue un enfrentamiento armado que tuvo lugar el 19 de junio de 1813, entre dos destacamentos avanzados del Ejército del Norte y del Ejército realista del Perú durante la segunda expedición auxiliadora al Alto Perú. La caballería del Ejército del Norte, al mando del coronel Cornelio Zelaya, derrotó a parte de la división realista del coronel Pedro Antonio Olañeta que ocupaba el poblado de Pequereque, en el camino entre Potosí y Oruro.

En septiembre de 1813, meses después de la victoria de Salta, el ejército partiota de -3500 hombres divididos en 6 batallones, 14 piezas de artillería y un regimiento de caballería- comandado por Manuel Belgrano se pone en marcha hacia el norte.

Por su parte, el coronel Baltasar Cárdenas, un caudillo patriota con fuerte ascendencia entre la población indígena, recibe instrucción de Belgrano para ponerse también en movimiento junto a sus tropas a fin de operar en conjunto en Cochabamba a la órdenes del coronel Cornelio Zelaya.
Cárdenas y Zelaya tenían la misión de sublevar a las poblaciones indígenas asentadas a la retaguardia del ejército realista, en tanto Belgrano los atacaría de frente.



Un Agente Extraño


El siguiente hecho sucedió en la batalla de Ayohúma, a poco de tocarse la retirada.
"... Esto dio lugar a que los restos de nuestros infantes, que huían en muchas direcciones, se fuesen replegando hacia el general Belgrano, que había enarbolado la bandera del ejército en la falda de unas lomas ásperas y pedregosas que no ofrecían sino senderos difíciles. Esto sucedía a distancia de cerca de media legua del campo de batalla, y para proteger la reunión tuvo orden la caballería de sostener el paso de un arroyo, cinco o seis cuadras más allá del punto en donde se hacía el cruce. Para cumplir esta orden se presentó el coronel don Cornelio Zelaya, que tomó el mando de ochenta o noventa hombres de caballería, que era todo lo que había podido reunirse.
Aunque bastante animado de un agente extraño, es digna de todo elogio la bravura que en aquella crítica circunstancia ostentó el tal coronel; parapetados como estábamos, el fuego enemigo hacía estragos entre nosotros, siendo de admirar que al coronel Zelaya, que era el único que se conservaba a caballo y que atravesaba del paso del río al corral de piedra y del corral al paso, no lo tocase una bala, como tampoco a su caballo. Entre tanto aquella inesperada resistencia había atraído la atención del enemigo, que había acumulado fuerzas capaces de dar una nueva batalla; la necesidad de abandonar aquel terrible punto se hacía urgente y, sin embargo, el coronel se obstinaba en sostenerlo.

En los actos más solemnes no falta un incidente gracioso que contrasta con la seriedad de aquel, y tal es el que vamos a referir.

Mientras el coronel Zelaya estaba animando a los del corralito, vino orden del general,
o así se dijo, para que siguiésemos la retirada. Con ese motivo, el coronel Balcarce mandó montar a caballo, lo que notado por Zelaya, vino corriendo a preguntar a orden de quién se hacía aquello; como Balcarce contestase que de orden del general, repuso Zelaya: "Pues, aunque mande Dios que me retire, no le he de hacer".
Herido con este apóstrofe, el pundonoroso Balcarce contestó: " Pues bien, no quiere usted retroceder, vamos a la carga", yacompañando la acción a la voz de mando, picó su caballo.
Precisamente, tenía delante de sí un charco pequeño de los que formaba el arroyo que, siendo pantanoso, cuando puso las manos el caballo cayó, dando con el caballero en el agua. Un enorme pellón que usaba el señor Balcarce cayó sobre él, cubriéndolo. El respeto que todos teníamos a este digno jefe no impidió la explosión de risa que causó la aventura.
No obstante, tuvo que ceder (el coronel Zelaya) a las circunstancias, y al fin él mismo mandó la retirada. Nuestra pequeña fuerza la emprendió sin orden, sin formación, por los varios fragosos senderos que se presentaban y que cada uno elegía a su arbitrio....
Yo regresé a incorporarme con el coronel Zelaya, que con unos cuantos hombres venía conteniendo al enemigo; estos hombres fueron poco a poco escurriéndose y ganando la delantera, que al cabo de dos leguas de persecución no habíamos quedado con el coronel más oficiales que el capitán Arévalo y yo, y unos quince o veinte hombres de tropa; felizmente, era sólo caballería la que nos perseguía, y la enemiga era tan cobarde que la conteníamos con facilidad en aquellos escabrosos caminos y desfiladeros. Al último, fuera de algunos tiros disparados al acaso, estaba reducida la persecución a una multitud de insultos y dicterios que se decían Zelaya y el coronel enemigo, don Saturnino Castro (el que después fue fusilado por los españoles en Moraya), en que lo menos eran los dictados de porteño cobarde, disparador, y de ladrón, mulato Castro; hasta hubo un desafío personal y singular entre ambos, que no tuvo efecto porque no se les dejaba solos y porque era una majadería que no consentíamos los circunstantes; a nosotros, principalmente nos dañaba, porque entorpecía nuestra marcha.
Al fin se cansó el coronel realista Castro de perseguirnos y gritar, pero el coronel Zelaya no se cansó de hacer ostentación de su poca prisa en retirarse, a pesar de que ya nadie quedaba con él, sino yo y su asistente Humacata; no habíamos andado media legua después que nos dejó el enemigo, cuando se le antojó parar, echar pie a tierra, desenfrenar los caballos y ponerse a comer algunos fiambres que llevaba el honrado asistente, sin dejar de hacer también algunas libaciones, empinando para ello una gruesa bota que él mismo traía. Ya el sol se acercaba al ocaso cuando volvimos a marchar.

José María Paz
Memorias


El legislador Jorge Mendía (UCR) explicó los fundamentos por los que considera que la enseña oficial de la provincia debe ser la llamada Bandera de Macha.


"Después de la trascendente victoria del 24 de septiembre de 1812 en Tucumán, la bandera creada por Manuel Belgrano se dirigió al frente de las tropas de su Ejército hacia el Norte, y el 13 de febrero de 1813 hizo que sus tropas la juren en el Río Pasaje (hoy Río Juramento)", explicó.
Según la narración de Mendía, el derrotero de la enseña continúa hacia el norte.
En octubre de 1813, en Vilcapugio y por motivos que aún son tema de debate, el Ejército patrio retrocede y pierde la batalla contra los realistas. Queda desmoralizado, y con una gran cantidad de heridos", contó. El cobista agregó que esa derrota motivó que Belgrano establezca su cuartel general en el pueblo de Macha, desde donde salió hacia Ayohuma, en busca del enemigo.
"El 14 de noviembre, los patriotas vuelven a caer derrotados. Las dos banderas que el Ejército conservó después de la derrota de Vilcapugio, (una creada por él y otra enviada por el Triunvirato) habrían caído en manos de los realistas si no fuera porque el coronel Cornelio Zelaya, por órdenes de Belgrano, se dirige a Macha para proteger los estandartes", explicó el parlamentario.
Sin embargo, el legislador indicó que la historia da cuenta de que Zelaya no llega al fuerte, debido a que los enemigos ya habían avanzado hacia allí: "se detiene en Titiri, poblado anexo al curato de Macha y encomienda al párroco del lugar el cuidado de las banderas".
Bien escondidas. El parlamentario indicó que 72 años después, en 1885, las banderas fueron encontradas.
"Se puede plantear diferentes situaciones que determinen que esta bandera es la primera creada por Belgrano, tanto como exponer que no es así; pero lo que resulta innegable y acalla cualquier planteo es que sólo ella presenta rastros de pólvora y sangre, prueba irrefutable de su presencia en el campo de batalla", aseveró el legislador.
Participó también de la campaña dirigida por José Rondeau al Alto Perú, donde sus hombres eran la mejor caballería que tenían los argentinos. Pero fueron muy mal utilizados en la batalla de Sipe-Sipe, en que perdió más de la mitad de sus soldados. A pesar de los daños sufridos, fue el cuerpo más destacado en la batalla, el que mantuvo mejor la disciplina y el último en retirarse.
Permaneció en el Ejército del Norte e hizo las campañas contra Santa Fe de 1818 y 1819. En enero de 1820, el Ejército se sublevó en el llamado Motín de Arequito, por el que Zelaya fue arrestado y trasladado a Córdoba.




Carrera Posterior

Fue enviado a Tucumán, donde se puso al frente de la caballería de la provincia en la guerra civil contra Martín Miguel de Güemes. El gobernador Bernabé Aráoz lo reemplazó en ese mando, por haber pretendido deponerlo. De allí marchó a Mendoza, donde peleó a órdenes de Francisco Fernández de la Cruz contra la montonera de José Miguel Carrera.
Regresó a principios de 1822 a  Buenos Aires, donde prestó servicios en las luchas contra los indígenas.
En 1826 fue elegido diputado por Buenos Aires al Congreso Constituyente, en el que votó a favor de la constitución unitaria.
En 1828 apoyó la revolución de Juan Lavalle, que terminó con el fusilamiento de gobernador Manuel Dorrego. Tras la caída del jefe unitario se exilió en Corrientes. Allí se dedicó a la ganadería, y no participó en la guerra civil que azotó esa provincia desde 1838 hasta 1847. Ese último año se refugió en Montevideo.
Regresó a Buenos Aires después de la batalla de Caseros, y el general Justo José de Urquiza lo nombró jefe de la Fortaleza de Buenos Aires. Desde ese puesto apoyó la revolución del 11 de septiembre de 1852 contra el propio Urquiza, y ejerció el mismo cargo hasta su fallecimiento en 1855.
Poco se sabe acerca de su vida personal, pero investigando encontramos a un descendiente suyo:
en la ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, nació ERNESTO E. EZQUER ZELAYA, el 21 de noviembre de 1904. Su madre, María Zelaya Galarraga, era nieta del coronel Cornelio Zelaya, jefe del ejército de Belgrano, y su padre, el Dr. Ernesto Enrique Ezquer -una de las mentalidades más claras del Foro correntino- es el autor del Código Rural de su provincia. Su infancia transcurrió en el Corrientes de principio de siglo, en la estancia de Santa Tecla cercana a las altas barrancas del salto Apipé (departamento de Ituzaingó), en un agreste paisaje, saturado de amor y de machismo.
Se recibió de bachiller en el Colegio Nacional "Gral. José de San Martín" de Corrientes.
Por su mentalidad cuajada de fantasías y sus condiciones de gaucho caudillo, mereció el apelativo legendario de él Gato Moro, testimonio de sus andanzas en entreveros y trifulcas.
falleció en la estancia Santa Tecla, el 12 de abril de 1951.


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Batalla de Tucumán
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Monumento del 20 de Febrero




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